Los debates acerca del momento en que debe comenzar la
enseñanza de la lectura y escritura parecen eternos. La pregunta ¿se debe o no
enseñar a leer y escribir en el jardín de niños?, es una pregunta reiterada e
insistente, además es una pregunta mal planteada, que no puede responderse ni
en afirmativo ni en negativo, antes bien debe analizarse y tomar en cuenta todo
lo que involucra para llegar a una buena enseñanza de la escritura y lectura.
Si respondiéramos negativo a ese cuestionamiento
asentando y aceptando que es en la escuela primaria en donde debe realizarse
esta “enseñanza”, presuponemos que los jardines de niños sufrirían un
escrupuloso proceso de limpieza, dejando solo el desarrollo de aprendizajes
motrices, también el campo de expresión y apreciación artística, desarrollo
personal y social, donde no se vea en si la enseñanza directa de la escritura y
lectura.
Pero si respondiésemos afirmativamente, y en base a ello
se decidiera iniciar el aprendizaje de la lectura y la escritura antes de la
primaria, veríamos que el salón de clases del preescolar se transformaría en el
salón de clase de primer año de primaria, y a la docente, transformarse y guiar
su intervención docente a: ejercicios de control motriz, discriminación
perceptiva, reconocimiento, copiado de letras, sílabas o palabras, repeticiones
a coro y tal vez…con alguna suerte: uso funcional de la lengua escrita.
Es necesario reiterar y dejar bien claro que los niños
inician su aprendizaje del sistema de escritura en los más variados contextos,
que a ese conjunto de marcas que tienen en común “el no ser dibujos” lo llaman
números y letras, que esas marcas son para una actividad específica que es leer
y que resultan de otra actividad específica que es escribir.
La indagación sobre la naturaleza y función de esas
marcas empieza en su contexto y los niños tratan de comprender desde muy
temprana edad esas informaciones de distinta procedencia: la información que
reciben de los textos mismos en sus contextos, la información específica
destinada a ellos, como cuando alguien les lee un cuento, les dice que tal o
cual forma es una letra o un número, les escribe su nombre o responde a sus
preguntas y la información obtenida a través de su participación en actos
sociales donde está involucrado el leer o escribir.
El niño recibe información sobre la función social de la
escritura a través de su participación en dichos actos. Es probablemente a
través de una amplia y sostenida participación en situaciones sociales como el
niño llega a comprender por qué la escritura es tan importante en la sociedad.
La tan “trillada” madurez para la lecto-escritura depende
mucho más de las ocasiones sociales de estar en contacto con la lengua escrita
que de cualquier otro factor que se invoque.
El jardín de niños debería permitir a todos los niños la
experimentación libre sobre las marcas escritas, en un ambiente rico en
escrituras diversas, o sea: escuchar leer en voz alta y ver escribir a los
adultos; intentar escribir (sin estar
necesariamente copiando un modelo); intentar leer utilizando datos contextuales
así como reconociendo semejanzas y diferencias en las series de letras, jugar
con el lenguaje para descubrir semejanzas características sonoras.
Finalmente anotamos que en lugar de preguntarnos “si
debemos o no debemos enseñar”, hay que preocuparse por dar a los niños
ocasiones de aprender. La lengua escrita es mucho más que un conjunto de formas
gráficas. Es un modo de existencia de la lengua, es un objeto social, es parte
de nuestro patrimonio cultural.
Por lo tanto se puede concluir que la crisis lectora en
nuestro país representa una amenaza en nuestro proceso educativo y cultural ya
que si no se adquieren las habilidades necesarias en los primeros años de vida
no se tendrá éxito y no podrán afrontar retos del futuro. En por ello que debe
existir el compromiso y responsabilidad por parte de los padres que son el
primer contacto que el niño tiene y de ahí por parte de los maestros en la
escuela pero siendo siempre el padre un apoyo
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